Intuición femenina, ciclo menstrual y los anticonceptivos



Soy yo de verdad. Mis hormonas. ¡Mi magia!
 de Cuerpo de mujer Sabiduría de mujer. Christiane Northrup


Nuestra intuición funciona de diferente modo durante las diversas fases del ciclo menstrual, y vuelve a
cambiar después de la menopausia. Uno de mis colegas, médico osteópata, advirtió esta conexión entre
la intuición y el ciclo menstrual; me envió a una paciente para un cambio en su método de control de la
natalidad. Ella llevaba varios años tomando la píldora, pero él pensó que eso interfería en su capacidad
de saber cuáles deberían ser sus próximos pasos en la vida. En la nota que me envió me decía: «Las píldoras anticonceptivas le obstaculizan la función intuitiva. Sugiérale alternativas». Aplaudo a este médico
por su profunda percepción.
En una época en la que a causa del consumo de píldoras anticonceptivas millones de cuerpos
femeninos están más sintonizados con las empresas farmacéuticas que con la Luna, no es pequeña tarea
reconsiderar un medicamento que ha ofrecido a tantas mujeres ventajas muy pregonadas. Después de
todo, la píldora nos proporciona menstruaciones que jamás nos van a estropear los fines de semana, suele disminuir los dolores o espasmos menstruales y se la relaciona con un menor riesgo de cáncer ovárico
y endométrico. Pero, claro, nadie está seguro de si aumenta o no el riesgo de cáncer de mama, aunque
los estudios sí han demostrado que puede aumentar el riesgo de cáncer de cuello uterino.
Laurie, una de mis colegas, tocóloga y ginecóloga, tomó la píldora durante más de nueve años
antes de cambiar de opinión respecto a sus ventajas. Rutinariamente había «empujado» a sus pacientes a
tomarla, como si fuera la panacea, usando su experiencia personal a modo de coacción. Cuando les explicaba por qué todas debían tomar la píldora, siempre terminaba su sermón con esta afirmación: «A mí
nunca me van a hacer dejar la píldora». Sólo cuando comenzó a comprender que sus enfermedades eran
manifestaciones físicas de las dolencias de su espíritu, fue capaz de revaluar su postura acerca de la píldora. El descubrimiento se produjo en parte porque su relación con su marido había comenzado a deteriorarse. Tenían frecuentes peleas en torno al tema de la relación sexual. Ella lo explica así: «Me enfurecía
que él separara totalmente eso de todo lo demás que ocurría en nuestra relación. Al mismo tiempo, mi
desagrado por el volumen y la forma de mi cuerpo, mis inhibiciones con respecto a hacer manifestaciones sonoras y mi incomodidad durante la relación sexual, más los confusos mensajes de mi infancia
acerca de la sexualidad y la seducción, plagaban el sexo de connotaciones negativas y a veces de obstáculos insuperables».
Laurie estaba aprendiendo cómo nos hablan las diferentes partes de nuestro cuerpo mediante
síntomas, como una parte de nuestro sistema de guía interior. Cuando lo comprendió, se dio cuenta de
que continuar tomando la píldora podría impedir a sus órganos femeninos comunicarse óptimamente
con ella, sobre todo en una crisis personal sobre su propia sexualidad. Comenzó a tomar conciencia de
cómo, sin darse cuenta, se había separado de su cuerpo por seguir los dictados de la cultura en lugar de
los de su guía interior. Este despertar fue acompañado por un interés por el feminismo por primera vez
en su vida. Hasta entonces se había considerado muy realizada y funcional, que era como parecía ser
aparentemente. Sin embargo, había tenido un quiste ovárico benigno, del que se había operado hacía
varios años, y durante su práctica como residente la habían operado de cáncer de tiroides. Su sabiduría
interior emergente le mostró que esas enfermedades habían sido la manera en que su cuerpo trataba de
llamar su atención para hacerle saber que algo estaba desequilibrado en su vida. Ahora se sentía preparada y deseosa de prestar atención a lo que le decía su cuerpo, sobre todo dado que estaba sana.
«Me entristeció el hecho de haber dado por sentada —dice—, haber eliminado con fármacos o
haber llamado “maldita” a toda la maravillosa obra de mi cerebro, mis hormonas, mi útero y mis ovarios. Nadie celebró jamás mi primera menstruación. Nadie me ayudó a conectar con el poder de dar vida
a mi sexualidad. Deseé recuperar algo de esa magia y ese misterio perdidos. Pero me llevó casi dos años
retirar las cortinas y limpiar de telarañas mi vida para lograr por fin sentir que podía comenzar tímidamente a confiar en mi cuerpo.»
Después de esos dos años de lucha personal, decidió tomarse un año libre de su atareado trabajo
de tocóloga en una gran ciudad. Estaba agotada con las exigencias de tres hijos, el ejercicio de su profesión y un matrimonio que se iba a pique. Sabía que necesitaba reflexionar sobre su vida y tomar una
nueva dirección. Cuenta que cuando finalmente llegó a hacerlo, dejar la píldora fue «algo así como un
acto de celebración y rebelión». Para ella estaba claro que el divorcio era inminente. «Como ya no necesitaba anticonceptivos, se me ocurrió que ese podía ser el momento para permitirme el lujo de mis hormonas, de modo que tiré la última caja de píldoras y esperé. Estaba bastante segura de que, después de
nueve años de recibir órdenes de Ortho Pharmaceutical, mis ovarios estarían totalmente confundidos, así
que me dispuse a tener paciencia. Estaba preparada para tener hinchazones, irritabilidad, fuertes emociones y confusión. Pero no estaba preparada para lo que ocurrió.»
Dos semanas después de haber dejado de tomar la píldora, Laurie estaba sentada con un grupo
de mujeres contándoles los acontecimientos de los dos últimos años. «De pronto me eché a llorar y casi
no podía hablar. Recuerdo que pensé: “Vamos, esto sí que es raro”». Le llevó un tiempo darse cuenta de
que antes, cuando todavía tomaba la píldora, aunque sentía tristeza por los cambios en su vida, hablaba
de ellos y de sus sentimientos sin tener ninguna reacción emocional ni fisiológica. Descubrió que para
ella la ovulación iba acompañada de una mayor capacidad de sentir y expresar sus emociones profundas. Escribe: «Durante otros dos días no me di cuenta de que la excesiva mucosidad del cuello del útero
[una señal muy común de ovulación] y la repentina apertura de mis compuertas emocionales eran signos de ovulación. Incluso cuando lo comprendí, me negué a confiar en mi cuerpo. “Bueno —pensé—, esperaré dos semanas para ver.” Dos semanas más tarde, allí estaba con su traje rojo mi primera regla espontánea en más de nueve años; nunca una visión fue tan bien acogida. Me sentí como si hubiera recibido un maravilloso regalo de un amigo perdido hacía mucho tiempo. Este cuerpo, al que había maltratado durante tanto tiempo y de tantas maneras, me volvía a hablar, me daba valor y ánimo. No estaba todo perdido».
Además de descubrir que tenía más acceso a sus emociones, Laurie descubrió también que estaba más conectada con rabias que antes habría negado. Al poco tiempo de haberse reanudado sus reglas,
según cuenta: «Descubrí mi rabia; mi ira justiciera, feroz, candente. Lógicamente, mi marido fue el desprevenido receptor de lo que parecían veinte años de emoción reprimida. No sé si se lo merecía todo o
no, ciertamente no se lo merecía todo de una vez. Pero a medida que brotaba, recuerdo que pensé: “¡Esto
es asombroso! Soy yo de verdad. Mis hormonas. ¡Mi magia! ”. Ahora creo que si hubiera sentido esa
rabia a medida que iba viniendo durante todos esos años, igual podría continuar casada. O bien me habría divorciado mucho antes. Cualquiera de las dos cosas habría sido mejor que lo que sucedió. No estuvo bien haberme perdido tanto de mí misma».
Laurie supo respetar y prestar atención a lo que le ocurría, aun cuando algo de ello fuera doloroso. Después diría: «Desde entonces sé que regularmente voy a tener noticias de mis hormonas. Ellas me
dicen dónde debo poner la atención. Cuando repentinamente me echo a llorar, sé detenerme a considerar qué trabajo emocional me queda aún por hacer en ese aspecto. Cuando me viene la rabia, me recuerdo que guardármela dentro no es un regalo. La rabia no expresada produce enfermedad. Su sitio está
fuera de mi cuerpo».
Lo otro que observó fue la conexión entre su ciclo menstrual y su sexualidad inherente. Muchas
mujeres me han contado lo mismo. Laurie me comentó: «Hay una especie de deseo loco que corre por mi
cerebro durante varios días cada mes alrededor de la ovulación. Mis amigas me lo habían dicho, pero es
algo increíble. Y yo todos esos años creyendo que la píldora favorecía mi vida sexual al librarme de todos esos fastidiosos anticonceptivos barrera». Había usado el diafragma sólo cuando estaba dando el
pecho a sus hijos, y de pronto comprendió que había achacado la culpa de su falta de deseo sexual al
fastidioso uso del diafragma. Se dio cuenta entonces de que su falta de deseo se debía más bien a las
hormonas de la lactancia y al agotamiento de la energía, no al diafragma. Muchas madres lactantes simplemente no sienten interés por la relación sexual, ya que sus energías están siendo «chupadas» literalmente por otro encantador ser humano, el bebé. El deseo sexual vuelve de forma gradual a medida que
el niño va creciendo.
Laurie advirtió otro cambio que es muy común. Después que dejó de tomar la píldora, su cuerpo
quiso al parecer recuperar el tiempo perdido, con ovulaciones más frecuentes durante una temporada
hasta ir regulándose aproximadamente a una vez al mes. «Cuando recuperé mis ciclos, al principio eran
muy cortos, más o menos cada tres semanas. Aunque me pasó fugazmente por la cabeza el pensamiento
de que sería una lata sangrar una de cada tres semanas, me di cuenta de que el pensamiento era condicionado. Muchísimas mujeres de cuarenta años me habían hablado de la creciente frecuencia de sus ciclos suplicándome que “hiciera algo” para arreglarlo. Comprendí entonces que se me había concedido el
regalo de ciclos cortos para “ponerme al día”. Me gustó tener la menstruación más a menudo. Tenía que
ovular cada tres semanas. Tenía más lecciones que aprender acerca de mi cuerpo. Fue como un curso
condensado de fisiología femenina, la mía. Comencé a celebrar tener la menstruación cada tres semanas
y deseé que no me viniera la menopausia hasta que tuviera 65 años. Habiéndome dado permiso para
disfrutar de todas esas nuevas enseñanzas, aprendí que no era yo quien estaba al mando; los ciclos comenzaron a alargarse, primero a tres semanas y media y después a cuatro semanas. Creo que fue sencillamente una prueba, eso de tener ciclos de tres semanas. Fue para ver si realmente deseaba recuperar mi
cuerpo. Y sí, lo deseo.»
La historia de Laurie ilustra cómo es recuperar nuestra sabiduría y nuestro poder menstruales. Si
bien la píldora ha sido un beneficio para muchas mujeres, también las ha desconectado de algunas partes
esenciales de su sabiduría femenina. Cuando las personas están en íntimo contacto mutuo, por ejemplo,
una manera de comunicarse entre sí es mediante las hormonas. Pero se ha comprobado que los anticonceptivos orales eliminan parte de nuestra vía de comunicación hormonal, incluida nuestra comunicación sexual con los hombres. En un estudio se descubrió que los volátiles ácidos grasos de las secreciones vaginales, llamados copulinas, estimulan el interés y el comportamiento sexuales masculinos. Las mujeres que toman la píldora, sin embargo, no los secretan.  Las mujeres que viven juntas suelen tener también juntas los ciclos, lo que una de mis amigas llama «convertirse en hermanas ováricas». Esto no les
ocurre a las que toman la píldora. Los estudios han demostrado que las mujeres que tienen estrechas
relaciones con otras personas tienen ciclos más cortos y más regulares, mientras que las que se aíslan
tienen más propensión a tener ciclos irregulares.


Cuerpo de mujer Sabiduría de mujer. 

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